Texto publicado en la página web http://fragilemag.gr.

Día 1

Salí a la calle mayor en moto y me dirigí al lugar en el que me iba a alojar durante los cinco próximos meses. Estábamos a finales de abril y todo estaba listo para recibir a las hordas de los turistas. La isla era una vitrina bien encalada y pulida de una industria turística exitosa que, además de la almorta de Santorini importada de la India, sabe moler al potencial obrero. Sabía adonde iba. Había debatido todo con el señor director. Dijo que era uno de los afortunados que iba a tener un día libre a la semana. Y alojamiento. Y comida. Y jornadas de once horas. Y horario partido. ¿Horas extraordinarias? ¿Qué es esto?. También, iba a cobrar. La mitad del salario en el banco y la otra mitad bajo manga. En mi contrato de trabajo se citaba que mi jornada laboral era de cinco horas. ¿Sindicato? ¡Esto es una broma! Tomé la decisión de volver a irme a una isla a trabajar de temporada, después de pensarlo mucho. En Atenas un camarero no gana mucho dinero, sin embargo, en las islas se saca dinero. Desde luego, tienes que olvidarte de que eres humano, que tienes más cosas que hacer aparte de satisfacer los caprichos de los clientes y los patrones sin rechistar. Pulsas el botón “pausa” en tu vida y vuelves a vivir después de octubre.

Día 7

¡“Somos un equipo”!, andaba diciendo con entusiasmo el señor director en el primer encuentro. Un par de 18añeros a lo mejor creyeron en sus palabras. Los demás lo escuchábamos con desconfianza diciendo que tendríamos que compartir la propina con un montón de personas. Los barman querían quedarse con mayor porcentaje de las propinas, la cocina lo mismo. Quejas. Había olvidado que en el microcosmos del restaurante todo está claramente dividido. El chef era el líder y sabelotodos. El barman era algo como alquimista. Había varios encargados, cuya tarea principal era ser encargados. Los camareros, algo entre anfitriones ridículos y esclavos, tenían que sonreír, por mucho que sufrieran de tendinitis. Al final, se nos anunciaron los porcentajes, y el señor director nos explicó con orgullo su plan: “¡Si todos se reparten la propina, todos trabajan más!”. Lo puse en duda: “Y si algunos no trabajan?” “No puede ser. Todos somos una familia” insistió y los 18ñeros se sintieron como en casa.

Día 34

Cada noche, al acabar la jornada, me dolían las piernas. Las metía en agua helada (de todas maneras, la mayoría de los días agua fría no había) y luego me sentaba quieto en la cama y escuchaba el roncido de mi compañero de piso, a cincuenta centímetros de mis oídos. “Por lo menos vosotros tenéis nevera” me dijo una compañera de trabajo, cuando me quejé de lo pequeña era nuestra “casa”. De días libres n hablar el primer mes. El señor director explicó que todos teníamos que contribuir para que se llevara a cabo el trabajo, y que en algún momento íbamos a recompensarnos. Las dos chiquitas que habían venido para trabajar de camareras, no conocían el trabajo. Ni parecía que querían conocerlo. Me ofrecí a ayudarlas, pero ellas se negaron. No se dignaban en que les diera clases. Eran estudiantes y habían soñado con que pronto serían exitosas en su sector. El barman a escondidas echaba a las botellas las varias bebidas anónimas que enseguida se llamaban vodka cara o ginebra cara, y al acabar su jornada de ocho horas se marchaba. Junto con las propinas. Debía decirle algo al señor director. Mi solicitud de audiencia fue aceptada. Entré en su oficina. “Dimito”, le dije.

Día 81

El señor director aparecía cada noche, justo a la hora que los turistas venían a cenar. Se ponía de pie, con las manos en la cintura, daba unas órdenes inútiles y después se sentaba para comer. La mayoría de mis compañeros de trabajo se esforzaban por enseñarle lo buenos trabajadores que eran. En el último mítin, celebrado un mes después de que me hubiera convencido de no dimitir porque todo iba a mejorar, nos había hablado de la generosidad griega. Sólo yo y dos camareros nos habíamos negado a no cobrar las horas extras. En Grecia, en los trabajos de temporada las horas extraordinarias son las horas trabajadas por el esclavo después de su jornada de doce horas.

Día 100

Estábamos en agosto y la clientela en el restaurante no era mucha. Todos se quejaban de que la gente no se sienta a comer en los restaurantes. Desde luego, el nuestro cobraba bastante dinero, puesto que el plato más barato (unos pinchos de pollo) costaba 16 euros, pero había días que no se llenaba. La propina era cada vez menos. Venían clientes (casi siempre extranjeros) que después de darnos la lata con sus órdenes sucesivas, no dejaban nada de propina. ¿Y por qué iban a dejar? Habían venido a Santorini a vivir su sueño y los camareros indígenas tenían que participar en él. “A qué hora cerráis?” preguntó un italiano bien vestido en su lengua materna, que había empezado a entender. “A la una”. “Hoy, sin embargo, váis a quedaros más para nosotros”. “¿Me váis a pagar las horas extras?” pregunté con la misma sonrisa ancha que llevaba cuando preguntaba por las bebidas. Ya me daban un día libre a la semana. Vino a la isla mi novia para verme y se quedó tres días. Le expliqué que si lo quería, podía comer en el restaurante. No obstante, yo no podía sentarme con ella. El personal no tenía derecho a contaminar las sillas caras ni siquiera en su día libre. Desde luego, ni siquier se me había ocurrido sentarme a comer como cliente en este lugar, pero era gracioso el hecho de tenérnoslo prohibido.

Día 127

“Esto está estroopeado” exclamó el primero que abrió la tapadera de la bandeja con la comida que era para nosotros. Hacía mucho que la ensalada con la mayonesa grasosa estaba “muerta”, pero estaba servida como cena para el personal. El chef tenía otra opinión: “¡Debéis darnos las gracias por daros de comer, animales!” se puso a chilla, elogiando a la vez la empresarialidad griega. “Tú”, dijo, dirigiéndose a mí. “Sí, ¡tú, que te pasas por revolucionario!”. Lo miré con sorpresa y tristeza. “Tus días aquíe están contadas”. Ojalá, dije en voz baja. Justo después regresó al equipo de sus asistentes, unos estudiantes 20añeros que hacían su práctica en el restaurante y hacían todo el trabajo en la cocina sin rechistar. Les dio unas órdenes, les hizo saber que iba a cortarle la cabeza a quién la levantara, y les hizo entrenarse preparando ensaladas.

Día 140

“Me han llegado comentarios de que robas”. Me quedé boquiabierto al escuchar al señor director hablándome con esta voz de descontento. “¿O sea?” pregunté. Me explicó que era sospechoso el hecho de que me llevaba los vasos de plástico en los que me servían el café (tenía derecho a tomar café) y no los tiraba a la basura. “Los tiro en contenedores de reciclaje” contesté, mirándolo atontado. “Se rumorea que te vieron en el almacén con un bolso” continuó. “Dentro del bolso llevo mi ordenador y mi cámara fotográfica”, dije. “La puerta de mi habitación no tiene llave. Dentro del bolso está todo mi trabajo”, añadí. Sí, pero te llevaste el billete de veinte euros que estaba en el suelo y te lo metiste en el bolsillo”. Lo había hecho. Estaba bajo la cámara de vigilancia grande que lo vigilaba todo día y noche, cuando vi el billete que estaba en el suelo justo delanted e la cámara, de una manera muy conveniente para todos. Llevaba mucho tiempo suplicando que me despidieran para que no perdiera los pocos derechos que perdería dimitiendo, pero no me habían hecho el favor. Les caía mal, pero no podían dejar de admitir que trabajaba bien. Casi le guiñé el ojo a la cámara de vigilancia cuando me agaché y lo recogí del suelo. “¡Ladrón!”, gritaron todos: El dueño de la empresa, que estaba permanentemente de vacaciones, el señor director que hasta aquel momento no había conseguido organizar al personal, el chef que no le salían las cuentas y había que acusar a alguien, el barman que durante toda su vida veía reality shows y ligaba con chicas, la “compañera de trabajo” que se agitaba cada vez que usaba palabrotas susurrando para tragarme la injusticia. Todos juntos lograron echar al ladrón. Sólo un par de jóvenes, que desde el primer día me di cuenta de que no cuadraban, me miraron con compansión.

Día 142

Estaba a bordo en el barco rápido, con rumbo al Pireo. Tenía el documento del despido en la mano. Había firmado un contrato a tiempo indefinido, para que me pudieran despedir cuando fuera. Me había quitadode encima una carga que se dirigía reptando a la isla que estaba dejando atrás. Me preguntaba si valía la pena la paliza que me dí. Mi cintura y mi muñeca derecha me dolían muchísimo. No me importaba lo que se hubiera dicho de mí. A nadie le importaba. Hice un cálculo rápido del dinero que había ganado. Descontando las propinas calculé que cobraba unos tres euros por hora. El señor director me había dicho que no era correcto no incluir las propinas en mis ingresos. Si las incluyera, tendría que sentirme dichoso. Estaba ansioso de llegar a casa y de empezar a pensar en serio si tendría que irme más lejos. Lejos de Grecia. Pero, primero tenía que dormir.

Buen provecho.

El texto en griego.

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