Texto publicado en el volumen no 12 del diario de la calle cretense Ápatris.

“Quien trabaja, no tiene tiempo de hacer una fortuna. Lo cierto es que la riqueza no se hace con el trabajo”.

(Luis Barrionuevo. Ex sindicalista, político gubernamental y dueño de un equipo de fútbol de la primera división en Argentina. Dijo estas palabras durante una cena con banqueros y grandes empresarios el 28 de noviembre de 1990 en Buenos Aires.)

El robo no deja de ser robo por hacerse en el nombre de la ley, o en el nombre del Imperio. La sombra del miedo persigue a la gente, es el miedo de la pérdida: pérdida del trabajo, pérdida de dinero, pérdida del pan de cada día, pérdida… No hay hechizo que te pueda proteger de la maldición repentina de la pérdida. Hasta el hombre más “exitoso” de un momento a otro puede perder todo y convertirse en un “fracasado” que no merece ni el perdón ni la compasión. Los mercados no permiten el “fracaso”. Nadie es “responsable” de él, excepto el “fracasado”. El miedo a la pérdida es universal: “Querido colaborador, lamentamos informarle que sus servicios ya no nos son necesarios, debido a la nueva política (de nuestra empresa) sobre los gastos, la cual, a causa de la situación económica, nos obliga a proceder a una reorganización apremiante de nuestra empresa”.

Siempre las mismas palabras, las que pueden hacer colapsar a cualquier persona de un momento a otro y de repente convertirlo en un “viejo”, un “inútil”, un “fracasado”, a sus cuarenta años.

¿Quién no vive con el temor del desempleo? “No seas ingrato”, dicen. El empleado o el obrero que tiene trabajo debe estar agradecido a la empresa que le hace el favor de amargarle la vida diariamente y hacer de él presa de rutina: trabajo-casa-tele. Si alguien encuentra trabajo hoy día, en los tiempos del miedo, o si mantiene el que ya tiene, aunque sea sin pagas extra, beneficios, vacaciones, sin jubilarse nunca, a cambio de un salario de hambre, cobrando algo de vez en cuando, lo celebra como si se tratara de un milagro religioso. La legislación laboral estriba en que te paguen lo que quieran, en que te impongan las condiciones que quieran, en que trabajes tanto como ellos quieran, y en que les des las gracias por ser afortunado, con la cabeza agachada. ¡“Si te gusta…! De todos modos hay muchos esperando en la cola”.

Lecciones contra los hábitos nocivos

La historia da un salto de dos siglos, pero hacia atrás. El miedo al desempleo permite que se eliminen- sin que nadie sea castigado- los derechos de los trabajadores, tal como los conocíamos hasta hoy. Las contribuciones patronales, las pagas extras de Navidad, Pascua y vacaciones, los subsidios familiares, la indemnización por desempleo, se han convertido en objetos de valor incalculable expuestos en los museos arqueológicos que glorifican el pasado. No lo recuerdas, pero te lo voy a recordar yo. Los derechos de los trabajadores, existentes hasta hace poco tiempo, habían sido el fruto de otro miedo de otra época: del miedo que tenía el Poder económico a sus obreros. Habían sido el fruto del miedo a las huelgas, del miedo a la revolución social que parecía estar al acecho.

Pero aquel Poder asustado, el Poder del ayer, es el mismo que en la actualidad está aterrorizando a los trabajadores, así que se sometan a él. Así pasa con las herencias: las personas son las que cambian, no los títulos de propiedad y las bulas con el sello intemporal del imperio. Pero fíjate en los bordes de la noche, en las sombras que se están aproximando a nosotros. Puede que no las veamos todos, pero ahí están. ¿Sabes de quienes son? Son de los que murieron en las manifestaciones de las balas, reclamando el poder ver la luz del día al regresar de su trabajo. De los que fueron ahorcados con el puño en alto, reclamando el derecho a la vida y no a la esclavitud del hambre de un campo de concentración laboral, cobrando un plato de caldo. Se están aproximando hacia nosotros desde las profundidades del pasado, no para hechizarnos, sino para recordarnos que tal como el imperio del dinero es heredado a sus descendientes, así nosotros heredamos el fruto de su miedo. Este fruto que si se planta en la tierra de la vida, pide cada vez más el fertilizante de la dignidad, y cuanto más surge del suelo, con más fervor reclama el azul del cielo entre el gris del cemento, estirando sus ramas cada vez más hacia los rayos cálidos de la libertad.

Nunca olvidarlo: Los ojos se hicieron para contemplar la belleza y el goce y no para que se refleje en ellos el mundo de los objetos. Sin sueños y sin realidad estamos condenados al mundo de las imágenes. El que no está lleno de sus propios deseos, no puede dar nada. El que anda en el camino del dar y recibir, avanza lentamente hacia el aburrimiento, el cansancio y la muerte. El beber con una sed insaciable de la copa de la vida es la mejor garantía de que la bebida nunca se va a agotar. La lucha contra nuestros opresores es una lucha contra la domesticación absoluta del rebaño que se dirige hacia la puerta del matadero.

El texto en griego.

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